Romola sintió por primera vez esta necesidad inquisitiva como un mareo repentino e inquietante y la falta de algo a qué aferrarse; fue una experiencia apenas más larga que un suspiro, pues la teorización vehemente de las edades está comprimida, como en una semilla, en la necesidad momentánea de una sola mente.
Pero no hubo respuesta que satisfaciera esa necesidad, y esta se desvaneció ante el caudal de la joven simpatía que regresaba con la alegre y amorosa belleza que resplandecía sobre ella con una nueva luminosidad, como el alba después de haber apartado la mirada hacia el gris poniente.
—Tu mente vaga lejos de nuestro amor, mi Romola —dijo Tito, con un suave murmullo de reproche—. Te parece algo olvidado.
Ella miró los ojos suplicantes en silencio, hasta que toda la tristeza se desvaneció de los suyos.
—¡Alegría mía! —dijo ella con su voz clara y sonora.
—¿De verdad te importo lo suficiente como para disipar esas frías fantasías, o seguirás sospechando siempre de mí como si fuera el Gran Tentador? —dijo Tito, con su brillante sonrisa.
“¿Cómo no voy a quererte más que a cualquier otra cosa? Todo lo que había sentido antes en toda mi vida —acerca de mi padre y de mi soledad— fue una preparación para amarte. Te reirías de mí, Tito, si supieras qué clase de hombre solía pensar que debía casarme: algún erudito con profundas arrugas en el rostro, como Alamanno Rinuccini, y con el cabello bastante gris, que estuviera de acuerdo con mi padre en tomar partido por los aristotélicos y estuviera dispuesto a vivir con él. Solía pensar en el amor del que leía en los poetas, pero nunca soñé que algo así pudiera súsederme a mí aquí en Florencia, en nuestra vieja biblioteca. Y entonces viniste tú, Tito, y fuiste tan importante para mi padre, y comencé a creer que la vida también podía ser feliz para mí”.