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LX

—Es disculpable en una mujer, que sin duda es hermosa, puesto que es la esposa de Messer Tito —dijo un joven enviado francés, sonriendo e inclinándose ante Tito—, pensar que sus afectos deben anteponerse al bien del Estado y que no se debe degollar a nadie que sea primo de alguien; pero tal punto de vista no debe fomentarse en la población masculina. Me parece que vuestra política florentina se ve muy debilitada por ello.

—Eso es verdad —dijo Niccolò Macchiavelli—; pero donde los lazos personales son fuertes, hay que tener muy en cuenta las hostilidades que suscitan. Muchas de estas severidades a medias no son más que disparates irreflexivos. Los únicos golpes seguros que se pueden asestar a los hombres y a los partidos son aquellos que son demasiado fuertes para ser vengados.

—Niccolò —dijo Cennini—, a veces hay una malicia tan astuta en tu charla que me hace desconfiar de tu agradable rostro juvenil como si fuera una máscara de Satanás.

—En absoluto, mi buen Doménico —dijo Maquiavelo, sonriendo y poniendo una mano sobre el hombro del anciano—. Satán fue un chapucero, un introductor de novità, que cosechó un fracaso estrepitoso. Si hubiera tenido éxito, todos le estaríamos adorando, y su retrato habría salido mucho más favorecido.

—Vaya, vaya —dijo Cennini—, no digo yo que tu doctrina no sea demasiado inteligente para Satanás: solo digo que es lo bastante perversa para él.

—Os digo —dijo Maquiavelo— que mi doctrina es la doctrina de todos los hombres que buscan un fin un poco más allá de sus propias narices.

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