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El secreto del Vengador

«Aquí, por fin, debe encontrarme. Aquí seguro que recalará, por el camino que fuere». Pero antes de que pasara otro año, le había sobrevenido la enfermedad de la que había salido con el cuerpo y la mente tan destrozados que ya no servía ni para el trabajo más ínfimo ante sus amos, salvo por el rescate que no llegaba. Entonces, mientras estaba sentado, indefenso, a la luz del sol de la mañana, comenzó a pensar: «Tito se ha ahogado, o también lo han hecho prisionero. Ya no lo veré más. Partió en mi busca, pero la desgracia lo alcanzó. No volveré a ver su rostro». Sentado en su nueva debilidad y desesperación, sosteniéndose la cabeza entre las manos, con los ojos vacíos y los labios moviéndose con incertidumbre, parecía tanto un anciano irremediablemente imbécil que sus amos se contentaron con librarse de él y permitieron que un comerciante genovés, que se compadeció de él por ser italiano, lo subiera a bordo de su galera. En un viaje de muchos meses por el archipiélago y a lo largo de la costa de Asia Menor, Baldassarre había recuperado sus fuerzas físicas, pero al desembarcar en Génova había sentido una fatiga tan grande por su desolación que casi deseaba haber muerto de aquella enfermedad en Corinto. Había una sola posibilidad que impedía que ese deseo se cumpliera definitivamente: que Tito no estuviera muerto, sino viviendo en estado de cautiverio o indigencia; y si vivía, aún le quedaba a Baldassarre una esperanza —débil, tal vez, y probablemente demorada largo tiempo, pero esperanza al fin— de poder encontrar a su hijo, a su querido hijo otra vez; de poder estrechar de nuevo sus manos y encontrarse cara a cara con el único ser que lo recordaba tal como había sido antes de que su mente se quebrara. En este estado de ánimo había tenido la fortuna de encontrarse con el forastero que llevaba el anillo de ónice de Tito, y aunque Baldassarre

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