Tito sentía que aquellas eran tareas odiosas; eran bocado de muy mal gusto, pero se las imponían a la fuerza.
Oyó a Monna Lisa atrancar la puerta tras él y se alejó sin mirar hacia la puerta abierta de la choza. Se sentía seguro de que Baldassarre se iría, y no podía esperar a verle marchar. Incluso su cuerpo joven y su espíritu elástico estaban destrozados por las agitaciones que se habían acumulado en aquella sola tarde.
Baldassarre seguía sentado sobre la paja cuando la sombra de Tito pasó de largo. Ante él yacían los fragmentos de la daga rota; a su lado estaba el libro abierto, sobre el que había meditado en vano. Parecían símbolos burlescos de su absoluta impotencia; y su cuerpo temblaba todavía demasiado como para permitirle levantarse y alejarse.
Pero a la mañana siguiente, muy temprano, cuando Tessa miró con ansiedad a través del agujero de su contraventana, la puerta de la choza estaba abierta, y el extraño anciano se había ido.