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V. El erudito ciego y su hija

—Bien dicho está, Romola. Una palabra prometeica has pronunciado —respondió Bardo, tras un breve intervalo en el que había vuelto a apoyarse en su bastón y a caminar—. Y en verdad yo no he de ser atravesado por los dardos de la Fortuna. Mi armadura es el aes triplex de una conciencia limpia y de una mente nutrida por los preceptos de la filosofía. «Porque los hombres —dice Epicteto— no se sienten perturbados por las cosas mismas, sino por las opiniones o pensamientos que tienen acerca de esas cosas». Y además: «quienquiera que haya de ser libre, que ni desee ni tema aquello que está en el poder de otros ya sea negar o infligir: de otro modo, es un esclavo». Y de todos aquellos dones que dependen del capricho de la fortuna o de los hombres, hace mucho tiempo que he aprendido a decir, con Horacio —quien, sin embargo, es demasiado vacilante en su filosofía, oscilando entre los preceptos de Zenón y las máximas menos dignas de Epicuro, y tratando, como solemos decir, de duabus sellis sedere—, acerca de tales accidentes, digo, con la preñada brevedad del poeta:

«Sunt qui non habeant, est qui non curat habere».

“Él se refiere a las joyas, la púrpura y otras insignias de riqueza; pero yo puedo aplicar sus palabras no con menos justicia a los tributos que los hombres nos pagan con sus labios y sus plumas, que son también objetos de compra, y a menudo con moneda falsa. Sí, inanis —hueca, vacía— es el epíteto justamente otorgado a la Fama”.

Hicieron el recorrido de la habitación en silencio después de esto; pero las máximas nacidas en los labios de Bardo eran tan impotentes ante la pasión que lo había estado conmoviendo como si hubiesen estado escritas en pergamino y colgadas alrededor de su cuello en una bolsa sellada; y de pronto prorrumpió de nuevo en un nuevo tono de insistencia.

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