y legarlos, siguiendo el ejemplo de los romanos munícipes, como una posesión eterna a mis conciudadanos. Pero ¿por qué digo Florencia solamente? Si Florencia me recuerda, ¿no me recordará el mundo? … > > Sin embargo —añadió Bardo, tras una breve pausa, cayendo su voz de nuevo en un tono apesadumbrado—, la prematura muerte de Lorenzo ha suscitado una nueva dificultad. Yo tenía su promesa —debería haber tenido su compromiso— de que mi colección llevaría siempre mi nombre y jamás sería vendida, aunque las arpías lo arramblaran todo lo demás; pero hay suficiente para ellas —hay más que suficiente— y para ti también, Romola, habrá suficiente. Además, te casarás; Bernardo me reprocha que no busque un parentado adecuado para ti, y no demoraremos
—No, no, padre; ¿qué podrías hacer? además, es inútil: espera a que alguien me busque —dijo Romola con premura.
—No, hijo mío, ese no es el deber paternal. Así no lo consideraban los antiguos, y en este aspecto los florentinos no han degenerado de sus costumbres ancestrales.
“Pero estudiaré con diligencia —dijo Romola, con los ojos dilatados por la ansiedad—; me haré tan culta como Cassandra Fedele; intentaré serte tan útil como si hubiera sido un varón, y entonces tal vez algún gran erudito querrá casarse conmigo, y no le importará la dote; y le gustará venir a vivir contigo, y él ocupará para ti el lugar de mi hermano… y no te arrepentirás de que haya sido una hija”.
Había un sollozo creciente en la voz de Romola al pronunciar las últimas palabras, lo cual tocó la fibra paternal de Bardo. Extendió un poco la mano hacia arriba en busca de sus cabellos dorados y, cuando ella inclinó la cabeza bajo su mano, se la acarició con suavidad, inclinándose hacia ella como si sus ojos discernieran allí algún destello.