girar suavemente con el rostro hacia la puerta de la iglesia. Tito la vio entrar; y luego, encogiéndose de hombros ante su propia resolución, se recostó contra una columna, se quitó la gorra, se echó el cabello hacia atrás y se preguntó dónde estaría Romola ahora y qué estaría pensando de él. La pobre pequeña Tessa había desaparecido tras la cortina entre la multitud de campesinos; pero el amor que formaba una sola trama con todas sus esperanzas mundanas, con las ambiciones y los placeres que debían constituir la parte sólida de sus días —el amor que se identificaba con su yo más amplio—, no podía ser desterrado de su conciencia. Aun para el hombre que opone la resistencia más elástica a todo lo desagradable, llegan momentos en que la presión exterior es demasiado fuerte para él, y ha de sentir el escozor y el golpe a pesar suyo. Tal momento había llegado para Tito. No había postura mental posible, ni plan de acción con el cual el desarraigo de todas sus esperanzas recién plantadas pudiera resultar menos doloroso.
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XIV. La feria de los campesinos
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