entusiasmo de solidaridad con la vida común. Había dejado de pensar que su propia suerte pudiera ser feliz; había dejado de pensar en la felicidad en absoluto: el único fin de su vida le parecía ser la disminución del dolor.
Su entusiasmo cobraba continuamente un vigor renovado bajo la influencia de Savonarola. A pesar de las fatigosas visiones y alegorías ante las que retrocedía con repugnancia cuando provenían en gastadas repeticiones de labios ajenos a los suyos, su fuerte afinidad por la apasionada empatía de este y el esplendor de sus propósitos no había perdido nada de su poder. Su ardiente indignación contra los abusos y la opresión que componían el relato cotidiano de la Iglesia y de los Estados había encendido también en ella el fuego dispuesto. Su especial atención a la libertad y a la pureza del gobierno en Florencia, unida a su constante referencia de este objetivo inmediato al fin más amplio de una regeneración universal, había creado en ella una nueva conciencia del gran drama de la existencia humana del que su vida formaba parte; y a través de su cotidiano y provechoso contacto con los menos afortunados de sus conciudadanos, esta nueva conciencia se convirtió en algo más fuerte que un vago sentimiento; creció hasta transformarse en un motivo cada vez más definido de práctica abnegada. Pensaba poco en los dogmas y rehuía reflexionar detenidamente sobre las profecías del Frate acerca del flagelo inminente y la regeneración subsiguiente. Había someteido su mente a la de él y había entrado en comunión con la Iglesia, porque de este modo había hallado una satisfacción inmediata para sus necesidades morales, las cuales toda la cultura y la experiencia previas de su vida habían dejado hambrientas. La voz de fray Girolamo había despertado en su mente una razón para vivir, al margen del disfrute personal y del afecto personal; pero era una