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XXXIX. Una cena en los jardines Rucellai

«Porque tiene una gran opinión de sí mismo —le espetó de inmediato Luigi—, que es el huevo primigenio de todas las demás opiniones. ¿Él, un escéptico? Cree en la inmortalidad de sus propios versos. Es un lógico de la misma laya que aquel fraile predicador que describió el pavimento del abismo sin fondo». ¡Pobre Luigi! Su mente era como el acero más afilado, que no puede tocar nada sin cortar.

—Y, sin embargo, una criatura de corazón muy tierno —dijo Giannozzo Pucci—. Me pareció que su charla no era más que soplar burbujas de jabón. ¡Qué ditirambos pronunció sobre el comer y el beber! Y, no obstante, era tan templado como una mariposa.

La ligera conversación y los contundentes manjares no terminaron pronto, pues tras las carnes asadas y hervidas llegaron el indispensable capón y la caza, y, gloria culminante de una mesa bien servida, un pavo real cocinado según la receta de Apicio para cocinar perdices, a saber, con las plumas puestas, pero sin desplumar después, como aquel gran maestro ordenaba respecto a sus perdices; por el contrario, dispuesto de tal modo en el plato que pudiera parecer lo más posible a un pavo real vivo que tomaba su reposo sin hervir.

Grande era la habilidad requerida en aquel fiel sirviente que hacía las veces de trinchador oficial, para voltear respetuosamente el clásico aunque insípido pájaro sobre su espalda y dejar al descubierto la pechiza desplumada de la que debía dispensar una delicada loncha a cada uno de los honorables comensales, a menos que alguien tuviera una mente tan independiente como para rechazar aquella costosa dureza y preferir la vulgar digestibilidad del capón.

Casi nadie era tan audaz. * Tito citó a Horacio y desmenuzó su porción en pequeñas partículas sobre el

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