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LXIV

aguda percepción de los hechos externos y un vigoroso juicio práctico de los hombres y de las cosas. Y en este caso de la Prueba del Fuego, estas últimas características se vieron estimuladas a una actividad inusual por una aguda sensibilidad física que confiere una fuerza abrumadora a la concepción del dolor y de la destrucción como una secuencia necesaria de hechos que ya han sido causas de dolor en nuestra experiencia. La presteza con la que los hombres acceden a tocar hierro al rojo vivo con un dedo mojado no debe medirse por su aceptación teórica de la imposibilidad de que el hierro los queme: la creencia práctica depende de lo que esté representado con más fuerza en la mente en un momento dado. Y con la constitución del Frate, cuando la Prueba del Fuego se impuso a su imaginación como una demanda inmediata, le era imposible creer que él o cualquier otro hombre pudiera caminar a través de las llamas sin sufrir daño⁠—imposible para él creer que, incluso si se resolvía a ofrecerse, no retrocedería en el último momento.

Pero no era probable que los florentinos hiciesen estas sutiles distinciones. Para la generalidad de los hombres siempre ha sido una prueba de vigor mental encontrar fáciles las cuestiones morales y juzgar la conducta según alternativas concisas. Y nada podía parecer más evidente que el hecho de que un hombre que en un momento dado declaró que Dios no lo dejaría sin la garantía de un milagro, y sin embargo se retirá cuando se propuso poner a prueba su afirmación, había dicho lo que no creía. ¿Acaso fray Domenico y fray Mariano, y decenas de Piagnoni además, no estaban dispuestos a entrar en el fuego? ¿Cuál era la causa de su valor superior, si no era su fe superior?

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