Savonarola no habría podido explicar satisfactoriamente su conducta a sus amigos, ni siquiera de haber sido capaz de explicársela a fondo a sí mismo. Y no lo era. Nuestros sentimientos desnudos se apresuran a vestirse con proposiciones que se hallan a mano entre nuestro repertorio de opiniones, y para dar cuenta fiel de lo que pasa en nuestro interior se necesita algo más que la sinceridad, aun cuando la sinceridad sea pura. En esos mismos momentos, cuando Savonarola estaba arrodillado en oración audible, había dejado de oír las palabras en sus labios. Eran ahogadas por voces argumentativas en su interior que daban forma a sus razones cada vez más para un público exterior.
“Apelar al cielo en busca de un milagro mediante la aceptación precipitada de un desafío, que no es más que una trampa preparada para mí por enemigos viles, sería tentar a Dios, y la súplica no sería atendida.
Que venga el legado del Papa, que vengan los embajadores de todas las grandes Potencias y prometan que la convocatoria de un Concilio General y la reforma de la Iglesia dependerán del milagro, y entraré en las llamas, confiando en que Dios no le negará Su sello a esa gran obra.
Hasta entonces me reservo para deberes más altos que me han sido impuestos directamente: no me está permitido saltar del carro por el capricho de luchar con cada fanfarrón ruidoso. Pero el celo invencible de fray Domenico por entrar en la prueba puede ser el signo de una vocación divina, puede ser una garantía de que el milagro...”
¡Pero no! Cuando Savonarola acercaba su mente a la amenazadora escena de la Piazza e imaginaba un cuerpo humano entrando en el fuego, su creencia retrocedía de nuevo. No era un acontecimiento que su imaginación pudiera simplemente contemplar: lo sentía con vibraciones escalofriantes hasta las extremidades de sus sensibles dedos. El milagro no podía ser. No, la prueba en sí no iba a suceder: estaba justificado al hacer todo lo posible por impedirla. La leña podía