con los que Dios te ha honrado, has caído en las profundidades del mar; y después de tantos dones concedidos, tú, por tu soberbia y vanagloria, has escandalizado a todo el mundo». Y cuando la Esperanza habla y arguye que el amor divino no lo ha abandonado, ya no dice nada de una gran obra por hacer, sino que se limita a decir: «No estás abandonado, pues de otro modo, ¿por qué está tu corazón inclinado en la penitencia? Eso también es un don».
No hay la menor prueba digna de crédito de que desde el tiempo de su encarcelamiento hasta el momento supremo, Savonarola pensara o hablara de sí mismo como un mártir. La idea del martirio había sido para él una pasión que compartía el sueño del porvenir con el triunfo de contemplar su obra realizada. Y ahora, en lugar de ambas cosas, había llegado una resignación a la que no daba ningún nombre glorificador.
Pero por eso mismo puede con mayor propiedad ser llamado mártir por sus semejantes para siempre jamás. Pues el poder se levantó contra él no a causa de sus pecados, sino a causa de su grandeza; no porque pretendiera engañar al mundo, sino porque buscaba hacerlo noble. Y a través de esa grandeza suya soportó una doble agonía: no solo la injuria, la tortura y la agonía de la muerte, sino el tormento de hundirse desde la visión de una obra gloriosa en esa profunda sombra donde solo pudo decir: «No cuento para nada; la oscuridad me envuelve; sin embargo, la luz que vi era la verdadera luz».