mayoría de los hombres prefería afeitarse bajo el bonito toldo rojo y blanco frente a la tienda antes que entre cuatro paredes estrechas. No es una actitud sublime para un hombre sentarse con la barbilla enjabonada echada hacia atrás y con la nariz convertida en asidero; pero afeitarse era una norma de respetabilidad florentina, y es asombroso cuán solemnemente se miran los hombres unos a otros cuando todos siguen la moda. Era también la hora del día en que la cosecha de chismes de ayer estaba más fresca, y la lengua del barbero siempre brillaba en todo su esplendor cuando su navaja estaba ocupada; la hábil actividad de ambos instrumentos parecía ser puesta en marcha por un mismo resorte. Tito previó que le sería imposible evitar ser arrastrado al círculo; tendría que sonreír y replicar, y mostrarse con absoluta naturalidad. ¡Bueno! Después de todo, no era más que la prueba de tragar píldoras de pan y queso. El hombre a quien la mera anticipación del descubrimiento ahogaba era simplemente un hombre de nervios débiles.
Pero justamente en ese momento Tito sintió que una mano se posaba sobre su hombro, y ninguna cantidad de resolución previa pudo evitar la desagradable sensación con que aquel toque repentino lo sacudió. Su rostro, al volverse, delató la conmoción interior; pero el dueño de la mano que parecía tener tan mala magia prorrumpió en una ligera risa. Era un joven de la misma edad de Tito, de rasgos afilados, cabeza pequeña y bien rapada, y labio y barbilla bien afeitados, que daban la idea de una mente tan poco cargada como fuera posible de materia que no fuera nerviosa. Sus ojos penetrantes brillaban con esperanza y amabilidad, como tantos otros ojos jóvenes que después se han cerrado al mundo con amargura y desengaño; pues en aquel tiempo no había más