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LXIII

—Lo cual sin duda lo aclarará todo —dijo Tito—. Eso es todo el latín, todas las conclusiones que han de probarse verdaderas o falsas mediante la prova. Lo demás, como podéis ver, es simplemente una proclama de la Señoría en buen toscano, que llama a quienes estén ansiosos por cruzar el fuego a que acudan al Palacio y apunten sus nombres. ¿Puedo serviros en algo más? Si no—

Tito, al volverse, se quitó la gorra e hizo una ligera inclinación, con un aire tan natural que el movimiento parecía un impulso espontáneo de deferencia.

Aceleró el paso al salir de la Piazza y, tras dar dos o tres rodeos, se detuvo en una calle tranquila ante una puerta en la que dio unos nudazos ligeros y peculiares.

La abrió una joven a quien le dio una carantoña en la barbilla mientras le preguntaba si el Padrone se encontraba dentro, y acto seguido pasó, sin más ceremonia, por otra puerta que estaba entreabierta a su derecha.

Esta le dio acceso a una habitación elegante pero desordenada, donde Dolfo Spini estaba sentado jugando con un hermoso lebrel que alternativamente olfateaba una cesta de cachorros y le lamía las manos con esa afectuosa indiferencia hacia la moral de su amo que a veces se considera uno de los atributos más agradables de su sexo.

Él apenas alzó la vista cuando entró Tito, pero continuó con su juego, impulsado simplemente por esa tendencia a la persistencia en alguna acción irrelevante mediante la cual las personas sensuales y de entendederas lentas parecen contrarrestar continuamente sus propios propósitos.

Tito fue paciente.

—Hermoso bracca ese —dijo con voz pausada, de pie y con los pulgares metidos en el cinturón. Al poco añadió, con ese tono fresco y fluido que

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