“Esa era una vocación especial. Se vio obligado a partir, pues de otro modo no habría podido alcanzar la vida superior. Se habría ahogado en su interior”.
—Y yo también —dijo Romola, alzando las manos a la frente y hablando en un tono de angustia, como si la arrastraran a alguna tortura—. Padre, podrías estar equivocado.
—Pregunta a tu conciencia, hija mía. No tienes vocación alguna como la tuvo tu hermano. Eres una esposa. Buscas romper tus lazos por terquedad e ira, no porque la vida superior te llame a renunciar a ellos. La vida superior comienza para nosotros, hija mía, cuando renunciamos a nuestra propia voluntad para inclinarnos ante una ley divina. Eso te parece duro. Es el portal de la sabiduría, de la libertad y de la bienaventuranza. Y el símbolo de ello cuelga ante ti. Esa sabiduría es la religión de la Cruz. Y tú te mantienes al margen; eres una pagana; te han enseñado a decir: «Soy como los sabios que vivieron antes de que el judío de Nazaret fuera crucificado». ¡Y esa es tu sabiduría! Ser como los muertos cuyos ojos están cerrados, y cuyo oído es sordo a la obra de Dios que ha existido desde su tiempo. ¿Qué ha hecho por ti tu sabiduría muerta, hija mía? Te ha dejado sin corazón para los prójimos entre los cuales habitas, sin interés por la gran obra mediante la cual Florencia ha de ser regenerada y el mundo santificado; te ha dejado sin participación en la vida divina que extingue el sentimiento del Yo sufriente en los ardores de un amor siempre creciente. Y ahora, cuando la espada ha traspasado tu alma, dices: «Me iré; no puedo soportar mi dolor». Y no piensas en el dolor y en la injusticia que hay dentro de los muros de la ciudad donde habitas: dejarías tu puesto vacuno, cuando debería estar lleno de tu compasión y de tu labor.