el mar rizado: todo rodeado por un borde florido, como un cenador del paraíso. Romola miró las imágenes familiares con nueva amargura y repulsión: parecían una burla más penosa que nunca en esta mañana fría, cuando se había despertado para vagar en la soledad. No habían sido ninguna tumba del dolor, sino una pantalla mentirosa. ¡Insensata Ariadna!, con su mirada de amor, ¡como si ese rostro brillante, con sus rizos jacintos como zarcillos entre las vides, guardara el profundo secreto de su vida!
—Ariadna está maravillosamente transformada —pensó Romola—. Ahora se vería extraña entre las vides y las rosas.
Tomó el espejo y se miró una vez más. Pero la visión era tan desconcertante con esta luz matutina que volvió a dejarlo, con una sensación de repulsión casi tan intensa como aquella con la que se había apartado de la alegre Ariadna.
El reconocimiento de su propio rostro, con el capuchón puesto, le devolvió el temor de verse arrastrada al fin a la comunión con alguna mísera superstición, a la compañía de los fanáticos aulladores y las monjas llorosas que habían sido su desprecio desde la infancia hasta ahora.
Metió la llave en el sagrario apresuradamente; apresuradamente lo abrió y sacó el crucifijo, sin mirarlo; luego, con dedos temblorosos, pasó un cordón por el pequeño anillo, se colgó el crucifijo al cuello y lo ocultó en el seno de su manto.
«Por el bien de Dino», se dijo.
Aún quedaban por escribir las cartas que Maso debía llevar de vuelta desde Bolonia. Eran muy breves. La primera decía:
«Tito, mi amor por ti ha muerto; y por tanto, en la medida en que fui tuya, yo también he muerto. No intentes