Por qué Tito estaba a salvo
Tito tenía buenas razones para afirmar que estaba a salvo. En los últimos tres meses, durante los cuales había previsto el descubrimiento de los conspiradores mediceos como un acontecimiento probable, había tenido tiempo de sobra para proveerse de recursos. Había estado fortaleciendo su influencia en Roma y en Milán al servir de intermediario de información secreta y medidas indirectas contra el Frate y el partido popular; había cultivado con más asiduidad que nunca la estima de este partido mediante sutiles muestras de que sus convicciones políticas estaban enteramente de su lado; y todo ese tiempo, lejos de retirar sus servicios a los mediceos, había procurado ser empleado de forma más activa y de contar con su confianza exclusiva. Le resultaba fácil mantener este triple juego. El principio de duplicidad admitido por los mediceos en su propio beneficio los privaba de cualquier vara con la que medir la fiabilidad de un colega que no tenía, como ellos, intereses hereditarios, alianzas ni prejuicios de profunda estirpe mediceo. En su modo de ver, engañar al partido opuesto era una estratagema lícita; engañar a los suyos constituía una bajeza a la que no sentían tentación alguna; y, al valerse de la dócil habilidad de Tito, no percibían con agudeza el hecho de que la ausencia de vínculos tradicionales que hacía de él un agente conveniente equivalía también a la ausencia de aquello que entre ellos constituía la principal garantía de honor mutuo. Por otra parte, los amigos romanos y milaneses del partido aristocrático, o Arrabbiati, que eran los más enconados enemigos de Savonarola, llevaban