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VIII. Un rostro entre la multitud

infantes con lanza y escudo, doncellas danzantes, animales, árboles y frutas, y en fin, dice el viejo cronista, «todo aquello que pudiera deleitar el ojo y el corazón»; teniendo la oquedad la ventaja adicional de que los hombres podían colocarse dentro de estos cirios hiperbólicos y hacerlos girar continuamente, de modo que producían un efecto fantasmagórico que, considerando que las torres eran numerosas, debió de estar calculado para provocar mareos a una escala verdaderamente magnífica.

—¡Pestilenza! —dijo Piero di Cosimo, apartándose de la ventana—, esos círculos giratorios uno sobre otro son peores que el tañido de todas las campanas. Avísame cuando haya pasado el último cirio.

—Pues sin duda te gustará que te llamen cuando los contadini vengan con sus antorchas —dijo Nello—; no querrías perderte a la buena gente del Mugello y del Casentino, de los cuales tu favorito Leonardo haría un centenar de bocetos grotescos.

—No —dijo Piero, resueltamente—, no veré nada hasta que llegue el carro de la Zecca. Bastantes payasos he visto

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