Para su alma ardiente y amante del poder, que creía en grandes fines y anhelaba alcanzar dichos fines mediante el ejercicio de su propia y fuerte voluntad, la fe en un Gobernante supremo y justo se fundió con la fe en una pronta intervención divina que castigaría y redimiría.
Mientras tanto, bajo aquella espléndida mascarada de dignidades sagradas y seculares que parecía hacer la vida de los afortunados eclesiásticos y las familias principescas tan lujosa y divertida, operaban ciertas condiciones que lentamente tendían a perturbar la festividad general. Ludovico Sforza —pródigo en galanterías, espléndido mecenas de un incomparable Leonardo da Vinci—, que tenía la corona ducal de Milán en sus manos y quería ponérsela en la propia cabeza antes que dejarla reposar sobre la de un débil sobrino a quien costaría muy poco envenenar, temía mucho al viejo rey Fernando, de origen español, y al príncipe heredero Alfonso de Nápoles, quienes, al no gustarles la crueldad y la traición que les resultaban inútiles a ellos mismos, se oponían al envenenamiento de un pariente cercano en beneficio de un usurpador lombardo; las realezas de Nápoles, a su vez, temían a su señor feudal, el papa Alejandro Borgia; los tres observaban ansiosos a Florencia, no fuera a ser que con su territorio intermedio decidiera el juego con un apoyo solapado; y los cuatro, junto con todos los pequeños estados de Italia, temían a Venecia —Venecia la cauta, la estable y la fuerte, que quería extender sus brazos no solo a lo largo de ambas riberas del Adriático, sino hasta los puertos de la costa occidental—.
Se creía que Lorenzo de’ Medici había hecho mucho para prevenir el estallido fatal de tales rivalidades, al mantener la vieja alianza florentina con Nápoles y el Papa, y persuadir al mismo tiempo a Milán de que dicha alianza convenía a los intereses generales. Pero la vanidad imprudente del joven Piero de’ Medici había anulado rápidamente el efecto de la política cauta de su padre, y Ludovico Sforza, llevado a sospechar de una liga en su contra, pensó en una jugada que daría jaque mate a sus adversarios: decidió invitar al rey de Francia a marchar sobre Italia y, como heredero