La joven esposa
Mientras Tito se apresuraba a cruzar el puente con la armadura recién comprada bajo el manto, Romola paseaba de un lado a otro por la antigua biblioteca, pensando en él y ansiando su regreso.
Poco eran los rostros hermosos que no se habían asomado a las ventanas aquel día para ver la entrada del rey de Francia y de sus nobles. Uno de los pocos era el de Romola. Ella no había asistido a ninguna festividad desde que su padre había muerto—muerto de manera muy repentina en su sillón, tres meses antes.
—¿No viene Tito a escribir? —había dicho, cuando hacía ya mucho que la campana había tocado la hora habitual de la tarde. No lo había preguntado antes, por miedo a una negativa; pero Romola había visto por su rostro atento y sus movimientos inquietos que no tenía otra cosa en la mente.
—No, padre, tenía que ir a una cena en casa del cardenal: ya sabes que todos lo reclaman mucho —respondió ella, en un tono de suave disculpa.
—¡Ah!, entonces tal vez traiga alguna noticia positiva sobre la biblioteca; el cardenal lo prometió la semana pasada —dijo Bardo, aparentemente pacificado por esta esperanza.
Permaneció en silencio un momento; luego, enrojeciendo de repente, dijo:
“Tengo que seguir sin él, Romola. Trae la pluma. No me ha traído ningún texto nuevo que comentar; pero tengo que decir lo que quiero