El libro estaba abierto ante él, y él inclinó un poco la cabeza hacia él, mientras todos lo observaban con avidez. No pasó ninguna hoja. Sus ojos vagaron por las páginas que tenía delante y luego se fijaron en ellas con una mirada intensa. Esto duró dos o tres minutos en un silencio absoluto. Luego se llevó las manos a ambos lados de la cabeza y dijo, en un tono bajo de desesperación: «¡Perdido, perdido!».
Había algo tan conmovedor en la mirada errabunda y en el grito ahogado, que, si bien confirmaban la creencia en su locura, despertaban compasión.
Es más, tan clara es a veces la acción de una doble conciencia en nuestro interior, que el propio Tito, mientras triunfaba con la aparente confirmación de su mentira, habría deseado no haber hecho nunca que la mentira fuera necesaria para él; habría deseado haber reconocido a su padre en las escaleras; habría deseado haber ido a buscarlo; habría deseado que todo hubiera sido diferente.
Pero le había pedido prestado al terrible usurero de la Falsedad, y el préstamo había ido creciendo y creciendo con los años, hasta que él pasó a pertenecerle al usurero, en cuerpo y alma.
La compasión que despertaba en todos los testigos no estaba exenta de peligro para Tito; pues la conjetura se guía constantemente por el sentimiento, y más de una persona supuso de repente que este hombre podía haber sido un erudito y haber perdido sus facultades. Por otra parte, no tenían presentes los motivos que habrían podido llevar a Tito a la negación de su bienhechor, y al no tener mala voluntad hacia él, les habría costado creer que había estado profiriendo la más baja de las mentiras. Y el tipo originariamente común de la persona de Baldassarre, endurecido por años de privaciones, actuaba como confirmación de la