—Sí, tengo —dijo Tito, acobardándose un poco. La escena era desagradable; el desprecio que descendía sobre él ya comenzaba a abrasarlo.
—¡Eres un hombre traicionero! —dijo ella, con algo áspero en la voz, mientras lo miraba desde arriba.
Ella guardó silencio un minuto, y él se quedó quieto, sintiendo que el ingenio era impotente en ese momento. De pronto, ella se apartó y dijo en un tono agitado:
—Se puede impedir... voy a ver a mi padrino.
En un instante, Tito se puso en pie, fue hacia la puerta, la echó con llave y retiró esta. Era el momento de que toda la supremacía masculina latente en él saliera a relucir. Pero no estaba enfadado; solo sentía que el momento era sumamente desagradable y que, una vez terminada aquella escena, le alegraría mantenerse alejado de Romola por un tiempo. Sin embargo, antes era absolutamente necesario reducirla a la pasividad.
—Trata de calmarte un poco, Romola —dijo, apoyándose con la actitud más despreocupada posible contra un pedestal bajo el busto de un severo viejo romano. No es que por dentro estuviera tranquilo: su corazón palpitaba con un pavor moral contra el cual no existía cota de malla posible. Había encerrado la ira y el desprecio de su esposa, pero se había visto obligado a encerrarse él también con ellos; y su sangre no se encrespaba con el combate; su aceitunada mejilla estaba perceptiblemente pálida.
Romola se había detenido y había vuelto los ojos hacia él al verle adoptar una postura firme y guardar la llave en la scarsetta. Sus ojos brillaban y todo su cuerpo parecía poseído por una fuerza impetuosa que ansiaba estallar en alguna acción. Todo