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LXVIII

El despertar de Romola

Romola en su barca pasó del sopor a un sueño largo y profundo, y luego de nuevo del sueño profundo a ensoñaciones febriles, hasta que por fin se sintió estirando los brazos en el patio del Bargello, donde las parpadeantes llamas de los cirios parecían hacerse cada vez más intensas hasta que la oscura escena quedó borrada por la luz.

Abrió los ojos y vio que era la luz de la mañana. Su barca yacía inmóvil en una pequeña cala; a su mano derecha se extendía el azul zafiro inmaculado del Mediterráneo; a su izquierda, uno de aquellos paisajes que eran y aún siguen siendo repetidos una y otra vez, como un dulce ritmo, en las orillas de aquel mar hermosísimo.

En una profunda curva de las montañas yacía una extensión de tierra verde, cubierta por suaves pendientes sombreadas de árboles que se inclinaban hacia las alturas rocosas. Por estas pendientes se podía ver aquí y allá, brillando entre las copas de los árboles, un sendero que conducía a una pequeña masa irregular de edificios que parecía haber trepado de manera apresurada por la ladera de la montaña, y haber tomado allí una posición difícil con el fin de mostrar el alto campanario como un espectáculo de belleza para las casas dispersas y agrupadas del pueblo de abajo. Los rayos del sol recién salido caían oblicuamente sobre el cuerno occidental de este rincón en forma de creciente: todo lo demás yacía en una sombra cubierta de rocío.

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