Al fin el lento pescador había recogido todos sus enseres y se aleja. Pronto el oro fue empequeñeciéndose y oscureciéndose en el mar y en el cielo, y no había ningún ser viviente a la vista, ningún sonido salvo la monotonía tranquilizadora del batir de las olas.
En este mar no había marea que ayudara a llevársela si esperaba a que bajara; pero Romola pensó que la brisa de tierra empezaba a levantarse un poco. Subió a la barca, desplegó la vela y la sujetó tal como había aprendido en aquella primera y breve lección. Vio que atrapaba la suave brisa, y eso era todo lo que le importaba.
Luego desató la barca de sus amarras y trató de impulsarla con un remo, hasta alejarse mucho de la orilla, hasta que el mar estuvo oscuro incluso hacia el oeste y las estrellas empezaron a revelarse como una vida palpitante sobre la vasta bóveda celeste. Descansando al fin, se echó hacia atrás la capucha y, quitándose el pañuelo interior que le apresaba el pelo, dobló ambos para hacerse una almohada sobre una de las costillas de la barca. La hermosa cabeza era aún muy joven y podía soportar una almohada dura.
Y así yacía, mientras el blando aire nocturno la rozaba al deslizarse sobre el agua y contemplaba la creciente quietud del cielo.
Estaba sola ahora: se había liberado de toda exigencia, se había liberado incluso de esa carga de la elección que presiona con un peso cada vez más hondo cuando las exigencias han perdido su asidero rector.
¿Había encontrado algo parecido al sueño de su juventud? No. Los recuerdos pendían de ella como el peso de unas alas rotas que jamás podrían alzarse; recuerdos de la compasión humana que, aun en sus dolores, deja una sed que la Gran Madre no tiene leche para calmar. Romola se sentía huérfana en aquellos vastos espacios de mar y cielo. No leía ningún mensaje de amor para ella en aquella lejana escritura simbólica de los cielos, y con un gran sollozo deseó estar deslizándose hacia la muerte.