“Sentí a quién debía seguir: mas vi que aun entre los siervos de la Cruz que profesaban haber renunciado al mundo, mi alma se vería asfixiada por los vahos de la hipocresía, la lujuria y el orgullo. Dios no me había elegido, como eligió a san Francisco y a santo Domingo, para luchar contra el mal en la Iglesia y en el mundo. Me llamó a huir: tomé los sagrados votos y huí—huí a tierras donde el peligro, el desprecio y la penuria me llevaron continuamente, como a los ángeles, a reposar en el seno de Dios. He vivido la vida de un ermitaño, he servido a los peregrinos; mas mi tarea ha sido breve: el velo que me separa de mi descanso eterno se ha vuelto muy delgado. Volví a Florencia para que—”
—Dino, querías saber si mi padre vivía —interrumpió Romola, sintiendo de nuevo la imagen de esa vida sufrida que la impulsaba hacia la unión y el perdón.
—Que antes de morir pudiera exhortar a otros de nuestros hermanos a estudiar las lenguas orientales, como yo no lo había hecho, y a lanzarse a empresas mayores que la mía; y ya los veo inclinados a esa