“¡Ah! Cada cual interpreta ese cuadro a su manera —dijo Nello—; y si le preguntas al propio Piero qué quiso decir con él, responde que sus pinturas son un apéndice que a Messer Domeneddio le ha placido añadir al universo, y que si alguien duda de su significado, hará bien en consultarlo con la Santa Madre Iglesia. Le han pedido que pinte un cuadro basado en el boceto, pero él se tapa los oídos y niega con la cabeza; dice que esa ocurrencia ya pasó, que es un tipo extraño, nuestro Piero. Pero ahora todo está listo para tu iniciación en los misterios de la navaja”.
—Misterios bien pueden llamarse —continuó el barbero, con el ánimo enaltecido ante la perspectiva de un largo monólogo, mientras aprisionaba al joven griego en la capa de afeitar semejante a un sudario—; misterios de Minerva y las Gracias. A mí me llega la flor de los pensamientos de los hombres, porque los atrapo en el primer instante después del afeitado. (¡Ah!, te duele un poco la espuma: le hace cosquillas en los confines externos de la nariz, lo reconozco). Y eso es lo que le otorga la idoneidad peculiar a una barbería para convertirse en un centro de ingenio y erudición.
Porque mirad ahora una botica: hay un soso cónclave bajo el letreros del Moro, que pretende rivalizar con la mía; mas ¿qué clase de inspiración, os lo ruego, puede obtenerse del olor de asquerosas decocciones vegetales?, por no hablar del hecho de que nada más cruzar el umbral veis a un médico, como una gigantesca araña disfrazada de pieles y escarlata, esperando a su presa; o incluso lo veis bloqueando la puerta sentado en un penco huesudo, inspeccionando saliva. (La barbilla un poco más alta, si os place: contemplad a ese ángel que os está tocando la trompeta desde el techo. Lo mandé pintar expresamente para la regulación de las barbillas de mis clientes).