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XIX. La esperanza del viejo

conseguir el interés deseado, ya que podía demostrar ante un público culto el valor peculiar de la colección de Bardo. Tito mismo hablaba con optimismo de tal resultado, deseoso de animar al anciano y consciente de que Romola correspondía a esas gentiles palabras dirigidas a su padre con una especie de adoración que ningún homenaje directo hacia ella misma

Esta cuestión de la biblioteca fue objeto de más de una conversación con Bernardo del Nero cuando las navidades ya habían quedado atrás y la perspectiva del matrimonio se acercaba, pero siempre a espaldas de Bardo. Pues Bardo albergaba la vaga creencia, que no se atrevían a perturbar, de que sus bienes, al margen de la biblioteca, eran suficientes para hacer frente a todas las exigencias. Ni siquiera quería admitir ante sí mismo —salvo bajo la presión momentánea de un abatimiento airado— que el testamento con el que había desheredado a Dino dejaría a Romola como heredera de nada más que deudas; ni que necesitara de otro mecenazgo que no fuera la garantía de que se le asignara un local independiente a su biblioteca, a cambio de la escritura de donación mediante la cual se la cedía a la República florentina.

“Mi opinión es —dijo Bernardo a Romola, en una consulta que mantuvieron bajo la logia— que, ya que te vas a casar y Messer Tito tendrá unos ingresos competentes, deberíamos empezar a liquidar los asuntos y averiguar exactamente la suma que sería necesaria para evitar que se toque la biblioteca, en vez de dejar que las deudas sigan acumulándose. Tu padre no necesita más que su trozo de cordero y sus macarrones todos los días, y creo que Messer Tito puede comprometerse a sufragar eso durante los años que le queden; puede hacerlo en lugar del morgen-cap”.

—Tito siempre ha sabido que mi vida está unida a la de mi padre —dijo Romola—; y es mejor con mi padre de lo que yo soy: se deleita haciéndolo feliz.

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