En el primer ardor de su autoculpa, tras haber renunciado a su propósito de huida, Romola había hecho muchos tímidos esfuerzos por recuperar una relación franca entre ambos.
Pero para ella semejante relación solo podía surgir mediante la palabra abierta sobre sus diferencias y el intento de alcanzar un entendimiento moral; mientras que Tito solo podía salvarse del distanciamiento con ella mediante una recuperación de la efusiva ternura de esta que habría presupuesto el olvido de sus diferencias.
A él no le importaba ninguna explicación entre ellos; sentía que cualquier explicación profunda era imposible: le habría gustado volver a tener a Romola cariñosa, y para ella el cariño era imposible.
Podía ser sumisa y gentil, podía reprimir cualquier muestra de repulsión; pero la ternura no se podía fingir. Era dolorosamente consciente del resultado: su esposo se había alejado de ella.
Era una razón más por la cual debía ser mantenida cuidadosamente al margen de secretos que él en ningún caso habría elegido comunicarle.
En lo que respecta a su acción política, procuraba convencerla de que consideraba la causa de los Médici perdida; y de que por esa razón práctica, así como en teoría, servía de corazón al gobierno popular, por el cual ella sentía ahora un gran interés.
Pero impresiones sutiles como los olores la inquietaban respecto a sus relaciones con San Marco. Se encontraba dolorosamente dividida entre el temor de ver cualquier evidencia que despertara sus sospechas y el impulso de vigilar para que no llegara a producirse ningún daño que ella hubiera podido evitar.
Mientras caminaban juntos esta tarde, Tito dijo: —El trabajo del día aún no ha terminado del todo para mí. Te acompañaré hasta nuestra puerta,