Tal vez antes de la mañana siguiente iría a ver a su padrino para decirle que no era la esposa legítima de Tito Melema; que los votos que la habían obligado a esforzarse por lograr una unión imposible habían sido anulados de antemano.
Tessa dio un leve sobresalto ante el nuevo tono de indagación de Romola y la miró con expresión dubitativa. Hasta entonces había estado parloteando sin conciencia de que estaba haciendo revelaciones, ni más ni menos que cuando repetía las viejas cosas una y otra vez a Monna Lisa.
—Naldo dijo que jamás debía contar eso —dijo ella, con dudas—. ¿Crees que no se enojaría si te lo contara?
—Es justo que me lo digas. Cuéntamelo todo —dijo Romola, mirándola con una autoridad apacible.
Si la impresión de la orden de Naldo hubiera sido mucho más reciente de lo que era, el efecto restrictivo de la misteriosa autoridad de Romola la habría vencido. Pero la sensación de que estaba contando lo que nunca antes había contado hizo que empezara con voz baja.
“No fue en una iglesia; fue en la Natività, cuando había feria, y toda la gente iba la víspera a ver a la Madonna en la Nunziata, y mi madre estaba enferma y no pudo ir, y yo le llevé el manojo de capullos; y entonces él se me acercó en la iglesia y le oí decir: «¡Tessa!». Lo conocí porque me había cuidado en San Giovanni, y luego fuimos a la plaza donde estaba la feria, y comí unos berlingozzi, pues tenía hambre y él fue muy bueno conmigo; y al fondo de la plaza había un santo padre y un altar como los que ponen en las procesiones fuera de las iglesias. Así que nos casó, y luego Naldo me llevó de regreso a la iglesia y me dejó; y yo me fui a casa, y mi madre murió, y Nofri empezó a pegarme más, y Naldo nunca volvió. Y yo solía llorar, y una vez en el Carnaval lo vi y lo seguí, y él se enojó, y dijo que vendría algún tiempo después, que tenía que esperar. Así que fui y esperé; pero ¡oh!, pasó mucho tiempo antes de que viniera; pero habría venido