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XXXIX. Una cena en los jardines Rucellai

Pero los hombres sentados entre las velas ramificadas y las copas relucientes nada podían saber del rostro pálido y fiero que los observaba desde el exterior.

La luz puede ser una cortina tanto como la oscuridad.

Y la conversación prosiguió con más entusiasmo a medida que se volvía menos inconexa y trivial.

El sentimiento de ciudadanía se imponía con fuerza en aquel preciso momento incluso en las mentes más indiferentes. Lo que el avasallador fray Girolamo estaba diciendo y sugiriendo ocupaba de verdad el primer plano en los pensamientos de todos los comensales; y antes de que retirasen el pescado estofado, y mientras aún faltaban los dulces predilectos, su nombre afloró en la conversación y, a pesar de la prohibición previa de Rucellai, la charla volvió a ser política.

Al principio, mientras los criados permanecieron presentes, no fue más que un chismerío: lo que se había hecho en el Palacio el primer día de votación para el Gran Consejo; cuán irascible y dominante era Francesco Valori, como si fuera a salirse con la suya por derecho propio debido a su austera virtud, y cómo era evidente para todos los que habían escuchado los discursos de Soderini a favor del Gran Consejo y también los sermones del Frate, que ambos habían sido amasados en la misma artesa.

—Mi opinión es —dijo Niccolò Ridolfi—, que el Frate tiene mejor cabeza para los asuntos públicos que Soderini o cualquier Piagnone de entre ellos: podéis estar seguros de que Soderini es su portavoz más que él el de Soderini.

—No, Niccolò; en eso difiero de ti —dijo Bernardo Ruccellai—: el Frate tiene una mente aguda y ve con facilidad qué sirve a sus propios fines; pero no es probable que Pagolantonio Soderini, que tiene una larga experiencia en los asuntos de Estado y ha estudiado especialmente el

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