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XXI. Florencia espera una visita

Florencia espera una visita

Era el 17 de noviembre de 1494: hacía más de dieciocho meses que Tito y Romola se habían unido definitivamente en el tiempo gozoso de la Pascua, y les había caído una lluvia de confites con reflejos de arcoíris, a la antigua usanza griega, en señal de que los cielos harían llover dulzuras sobre ellos durante toda su vida en común.

Desde aquel Domingo de Pascua se había producido un gran cambio en las perspectivas de Florencia; y así como en el árbol que da miríadas de flores, cada capullo con su fruto depende de la circulación primaria de la savia, del mismo modo la fortuna de Tito y Romola dependía de ciertas grandes condiciones políticas y sociales que marcaron una época en la historia de Italia.

En este mismo noviembre, hace poco más de una semana, el espíritu de los viejos siglos pareció haber vuelto a instalarse en los pechos de los florentinos. La gran campana de la torre del palacio había lanzado el tañido de alarma a martillazos, y la gente se había congregado con sus armas mohosas, sus herramientas y sus garrotes improvisados para expulsar a los Médici. La puerta de San Gallo se había cerrado de golpe ante el arrogante y exasperante Piero, que galopaba hacia Bolonia con sus jinetes a sueldo atemorizados a su zaga, y se había cerrado también ante su astuto hermano menor, el cardenal, que escapaba disfrazado de monje franciscano: se había puesto precio a la cabeza de ambos.

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