atención. No sintió terror ni punzadas de conciencia: era el rumor de un trueno lejano que parecía grandioso, pero que no podía hacerla temblar. No obstante, cuando escuchó a Savonarola invocar el martirio, sollozó junto con los demás: se sintió penetrada por una nueva sensación, una extraña simpatía por algo ajeno a todos los intereses definibles de su vida. No era del todo disímil del estremecimiento que había acompañado a ciertos raros matices heroicos en la historia y en la poesía; pero el parecido era como el que hay entre el recuerdo de la música y la sensación de verse poseído por armonías reales y vibrantes.
Pero aquella emoción pasajera, por fuerte que fuera, parecía hallarse muy fuera de la cámara interior y el santuario de su vida. No estaba pensando en fray Girolamo ahora; escuchaba con ansiedad los pasos de su esposo. Durante estos tres meses de doble soledad, había pensado en cada día como en una época en la que su unión podía empezar a ser más perfecta. Era consciente de ser a veces un poco demasiado triste o apremiante en lo que concernía a la memoria de su padre —un poco demasiado crítica o fríamente silenciosa cuando Tito narraba las cosas que se decían y hacían en el mundo que frecuentaba— un poco demasiado apresurada al sugerir que, viviendo con tanta sencillez como lo había hecho su padre, podrían volverse lo bastante ricos como para pagar a Bernardo del Nero y reducir las dificultades en torno a la biblioteca. No era posible que Tito sintiera tanta fuerza en este último punto como ella, y era pedirle demasiado que renunciara a los lujos por los que verdaderamente se esforzaba. La próxima vez que Tito volviera a casa tendría cuidado de reprimir todos aquellos impulsos que parecían aislarla de él. Romola se esforzaba, como debe hacerlo una mujer enamorada, por someter su naturaleza a la de su esposo. La gran necesidad de su corazón la obligaba a estrangular, con desesperada resolución, todo impulso