—No, a decir verdad, Maestro —dijo Nello, aplicando su espuma con gran pausa, como si quisiera prolongar la operación al máximo—, nunca pensé en ponerlos al mismo nivel: sé que vuestra ciencia está inmediatamente después de los milagros de la Santa Iglesia en cuanto a misterio. Pero ahí, ya veis, está la lágrima —aquí Nello adoptó un tono de apesadumbrada simpatía—, vuestra alta ciencia está sellada para los profanos y el vulgo, y así os convertís en objeto de envidia y calumnia. Siento decirlo, pero hay tipos ruines en esta ciudad —meros sgherri—, que andan con gorros de dormir y barbas largas, y hacen su oficio de echar hiel en el caldo de todo hombre que prospera. Dejadme que os diga —pues sois un extranjero—, esta es una ciudad donde cada cual necesita llevar un clavo grande listo para asegurar la rueda de la Fortuna cuando le toca estar arriba. Ya hay historias —meras fábulas sin duda— que empiezan a zumbarse en torno a vuestra persona, que me hacen desear saber que estáis bien encaminado hacia Arezzo. No quisiera que apedreasen a un hombre de vuestro metal, pues aunque San Esteban
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XVI. Una broma florentina
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