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LXIII

hacia un punto particular cerca de la entrada del monasterio franciscano, y Tito tomó la misma dirección, abriéndose paso entre la multitud con un aire despreocupado y pausado, pero vigilando atentamente esa entrada monástica, como si esperara que saliera de ella algún objeto de interés.

No era tal expectativa la que ocupaba a la multitud. El objeto que les importaba ya estaba a su vista en forma de un gran cartel, fijado por orden de la Signoria y cubierto con una caligrafía oficial muy legible.

Pero la curiosidad se veía en cierto modo frustrada por el hecho de que el manuscrito estaba principalmente en latín, y aunque casi todos los hombres sabían de antemano más o menos lo que contenía el cartel, tenían apetito de un conocimiento más exacto, lo que les producía una irritante sensación ante la ignorancia de su vecino al no ser capaz de interpretar la lengua culta.

Pues aquel conocimiento auditivo de las frases en latín que los incultos podían espigar de las citas desde el púlpito —constantemente interpretadas por el predicador— les servía de poco al ver latín escrito; la ortografía, incluso de la lengua moderna, se hallaba en una condición desorganizada y caótica para la masa de personas que sabían leer y escribir, mientras que la mayoría de los reunidos más cerca del cartel no se encontraban en el peligroso trance de poseer ese poquito de saber.

—Son las doctrinas del Fray las que tiene que probar quemándose —dijo aquel conocido personaje público, Goro, que casualmente estaba entre los mirones de primera fila—. La Señoría se ha encargado del asunto, y el escrito es para que lo sepamos. Es de lo que el Padre nos ha estado hablando en su sermón.

—No, Goro —dijo un lustroso tendero con compasión—, ahí te has metido en un atolladero. El Frate tiene que demostrar sus doctrinas no quemándose: ha de pasar por el fuego y salir al otro lado sano y salvo.

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