otra mitad, separada por unos tablones, seguía vacía de todo, salvo por un pequeño altar. Los franciscanos habían entrado y tomado sus lugares en silencio. Pero entonces, al otro lado de la plaza, se oyó el fuerte canto de dos voces centenarias, y hubo una satisfacción general, si no en el canto, al menos en la prueba de que los dominicos habían llegado. Esa fuerte repetición coral de la oración: «Levántese Dios y sean esparcidos sus enemigos», sugería desagradablemente a algunos oídos imparciales un deseo de hacer alarde de confianza y sembrar el desaliento; y lo mismo ocurría con la capa de terciopelo color fuego con la que Fray Doménico iba ataviado encabezando la procesión, con la cruz en la mano, con su alma sencilla verdaderamente exaltada por la fe y con el genuino propósito de entrar en las llamas para la gloria de Dios y de Fray Girolamo. Detrás de él venía Savonarola con las vestiduras blancas de sacerdote, llevando en las manos un recipiente que contenía la Hostia consagrada. Él también cantaba con fuerza; él también lucía firme y confiado, y a medida que todas las ojos se volvían ansiosos, curiosos o malignos hacia él, desde el momento en que entró en la plaza hasta que subió los escalones de la Logia y depositó el Sacramento en el altar, hubo un destello y una energía cada vez más intensos en su semblante que respondían a aquella mirada escrutadora.
Estamos hechos de tal modo, casi todos nosotros, que la falsa apariencia en la que hemos pensado con dolorosa repulsión cuando de antemano, en nuestra soledad, se nos ha impuesto como una necesidad, poseerá nuestros músculos y moverá nuestros labios como si nada fuera más fácil que eso una vez que hemos quedado bajo el estímulo de unos ojos y oídos expectantes. Y la fuerza de ese estímulo en Savonarola difícilmente puede medirse por la experiencia de las vidas ordinarias.