miradas se volvieron hacia Tito, quien ahora miraba fijamente a Baldassarre. Era un momento de desesperación que aniquilaba en él todo sentimiento, salvo la determinación de arriesgarlo todo por la posibilidad de escapar. Y recobró la confianza al ver la agitación que evidentemente sacudía a Baldassarre. Había dejado de apretar el mástil del laúd y se había metido los pulgares en el cinturón, mientras sus labios empezaban a esbozar una ligera mueca despectiva. Nunca había cometido un acto de crueldad asesina ni siquiera con el animal más pequeño que pudiera emitir un grito, pero en aquel momento habría sido capaz de aplastar el aliento de un niño sonriente por amor a su propia seguridad.
—¿Qué significa esto, Melema? —dijo Bernardo Rucellai, en un tono de prudente sorpresa. Él, al igual que el resto de la compañía, se sintió aliviado de que la naturaleza de la acusación no fuera política.