Su ira y su humillación estaban cediendo rápidamente ante el pánico espiritual. Monna Berta y aquella nube de testigos, la sociedad de alta alcurnia en general, no la estaban mirando, y ella se encontraba rodeada de jóvenes monitores cuyas túnicas blancas, guirnaldas, cruces rojas y espantosa franqueza tenían algo de terrible en su inusualidad. Su confesor franciscano, Fray Cristoforo, de Santa Croce, no estaba a mano para reforzar su desconfianza hacia la enseñanza dominica, y se encontraba indefensa, dominada y sacudida por la vaga sensación de que le había llegado una advertencia suprema. Sin que se le cruzara por la cabeza la más mínima sugerencia de cualquier otro curso de acción que tuviera disponible, tomó la bufanda que le tendían y se frotó las mejillas con temblorosa sumisión.
—Bien está, madonna —dijo el segundo joven—. Es un comienzo santo. Y cuando os hayáis quitado esas vanidades de la cabeza, el rocío de la gracia celestial descenderá sobre ella.
La dosis de travesura se iba haciendo más fuerte y, echando mano a uno de los alfileres enjoyados que sujetaban sus trenzas a la birreta, lo extrajo. La pesada trenza negra cayó sobre el rostro de Monna Brigida y arrastró hacia adelante el resto del tocado.
Era un nuevo motivo para no dudar: se llevó las manos a la cabeza apresuradamente, desató las demás fijaciones y arrojó a la cesta de la perdición su amada birreta de terciopelo carmesí, con todo su insuperable bordado de aljófar, y quedó convertida en una mujer sin colorete, con el cabello gris echado hacia atrás sobre un rostro en el que ciertas líneas profundas de la vejez habían triunfado sobre la redondez de las carnes.
Pero no se le permitió a la birreta yacer en la cesta. Con travieso fervor los muchachos la levantaron y la sostuvieron sin piedad, con el cabello postizo colgando.