Sin duda, aquella súbita furia había sacudido la obstrucción que ahogaba su alma. Dos veces antes, cuando su memoria había regresado parcialmente, había sido a consecuencia de una excitación repentina: * una vez cuando había tenido que defenderse de un perro enfurecido; * otra vez cuando le habían alcanzado las olas y había tenido que trepar por una
Sí, pero si esta vez, como entonces, la luz llegara a apagarse, ¡y el sombrío vacío consciente volviera de nuevo!
Esta vez la luz era más intensa y firme; mas ¿qué garantía había de que antes de mañana la niebla oscura no volviera a rodearle?
Hasta el miedo parecía el principio de la debilidad: pensó con alarma que podría hundirse tanto más rápido por aquella atenta vigilia suya en la colina, que estaba agotando sus fuerzas; y tras buscar con ansiedad un rincón resguardado donde poder tumbarse, se acurrucó por fin contra un montón de cálida paja de jardín, y así se durmió.
Cuando volvió a abrir los ojos era de día. Los primeros momentos estuvieron llenos de extraña perplejidad: era un hombre con una doble identidad; ¿a cuál había despertado? ¿a la vida de sensibilidades apagadas como la triste herencia de alguna grandeza caída, o a la vida de poder recuperado?
Ciertamente a esta última, pues todos los acontecimientos de la noche volvieron a él: el reconocimiento de la página en Pausanias, la abrumadora resurrección de hechos y nombres, la repentina y amplia perspectiva que le había regalado un momento como el de la Ménade en el glorioso asombro de su despertar matutino en la cima de la montaña.