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XXXVI. Ariadna se despoja de la corona

Había planeado su partida de modo que su secreto fuera absoluto, y que su amor y su vida rotos quedaran ocultos, ajenos a las miradas vulgares. Bernardo del Nero había estado ausente en su villa, deseoso de escapar de las sospechas políticas para entregarse a su ocupación favorita de cuidar de sus tierras, y ella le había pagado la deuda sin una entrevista personal. Ni siquiera sabía que la biblioteca había sido vendida, y se le dejó suponer que alguna repentina racha de buena fortuna le había permitido a Tito reunir esa cantidad de dinero. Maso había sido partícipe de su secreto solo en la medida en que sabía que el viaje planeado era secreto; y hacer exactamente lo que ella le pedía era lo que más le importaba en su ajada y marchita vejez.

Romola no tenía intención de acostarse aquella noche. Cuando hubo echado el cerrojo, tomó su vela y se acercó al arca tallada y pintada que guardaba sus ropas de boda. La seda blanca y el oro yacían allí, el largo velo blanco y la diadema de perlas. Un gran sollozo le brotó al mirarlos: parecían el sudario de su felicidad muerta. En un diminuto ojal de oro de la diadema se había quedado prendida una gragea: un granizo rosado de la lluvia de dulces; Tito lo había descubierto primero y había dicho que debía permanecer allí para siempre. En ciertos momentos —y este era uno de ellos—, Romola se veía arrastrada, por una repentina ola de recuerdos, de regreso al tiempo de la confianza perfecta, y sentía de nuevo la presencia del esposo cuyo amor hacía que el mundo fuera tan fresco y maravilloso para ella como para un niño pequeño que se sienta en silencio entre las flores soleadas; oía los tonos suaves y veía los ojos tiernos sin mentira alguna en ellos, y volvía a respirar esa amplia libertad del alma que proviene de la fe de que el ser que está más cerca de nosotros es más grande que nosotros mismos.

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