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V. El erudito ciego y su hija

otro erudito figuraría en la portadilla de la edición —algún erudito que se habría alimentado de mi miel y luego habría declarado en su prólogo que lo había recolectado todo por sí mismo, fresco del Himeto. De otro modo, ¿por qué he negado el préstamo de tantos códices anotados? ¿Por qué me he negado a hacer pública cualquiera de mis traducciones? ¿Por qué?, sino porque la erudición es un sistema de robo autorizado, y vuestro hombre de púrpura y muceta forrada que juzga a los ladrones es él mismo un ladrón de los pensamientos y de la fama que pertenecen a sus semejantes.

Pero contra ese robo luchará Bardo de’ Bardi; aunque ciego y abandonado, luchará. Yo también tengo derecho a ser recordado; un derecho tan grande como el de Ponciano o Mérula, cuyos nombres estarán en la cresta de los labios de la posteridad porque buscaron mecenazgo y lo encontraron; porque tenían lenguas que sabían lisonjear y sangre acostumbrada a nutrirse de la cesta del cliente. Yo tengo derecho

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