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XLII. Romola en su lugar

—Si alguien no tiene hambre —dijo otro—, digo que lo dejen en paz. Está mejor que la gente que tiene el estómago hambriento y ningún desayuno.

—Sí, en verdad; si un hombre tiene la intención de morir, este es el momento de animarle, en vez de hacerle volver a la vida en contra de su voluntad. Los muertos no necesitan plato.

—Oh, usted no comprende la caridad del Frate —dijo un joven con una túnica de paño excelente, cuyo rostro no mostraba señales de necesidad—. El Frate le ha estado prediciendo a los pájaros, como san Antonio, y les ha estado diciendo a los halcones que fueron hechos para alimentar a los gorriones, así como todo buen ciudadano florentino fue hecho para alimentar a seis pordioseros hambrientos de Arezzo o Bolonia. La señora de ahí es una piadosa Piagnone: no va a desperdiciar su buen pan en ciudadanos honrados que tienen todas las profecías del Frate que tragar.

—Vamos, madonna —dijo el del gorro rojo—, el viejo ladrón no se come el pan, ya ve: más le valdría probarnos a nosotros. Ayunamos tanto que ya somos casi santos.

El círculo se había estrechado tanto que aquellos hombres rudos —la mayoría demacrados por la privación— apenas dejaban margen alrededor de Romola. Ella había estado sacando de su cesta un pequeño vaso de cuerno, en el que puso el trozo de pan y lo humedeció apenas con vino; y hasta entonces no había parecido prestarles atención.

Pero ahora se puso de pie y los miró a su alrededor. Instintivamente, los hombres que estaban más cerca de ella retrocedieron un poco, como si su grosera cercanía fuera culpa de los que estaban detrás. Romola tendió la cesta de pan al hombre del gorro de dormir, mirándolo sin ningún reproche en la mirada, mientras le decía:

—El hambre es difícil de soportar, lo sé, y vosotros tenéis el poder de tomar este pan si queréis. Fue guardado para mujeres y niños enfermos.

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