Los descontentos abundaban, y veían claramente que el gobierno tomaba el peor rumbo para el bienestar público. * Florencia debía unirse a la Liga y hacer causa común con los demás grandes Estados italianos, en lugar de atraerse su hostilidad mediante una adhesión inútil a un aliado extranjero. * Florencia debía cuidar de sus propios ciudadanos, en lugar de abrir sus puertas al hambre y a la peste en forma de contadini hambrientos y
Cada día la angustia se hacía más aguda; cada día los murmullos eran más fuertes. Y, para colmo de las dificultades del gobierno, desde hacía más de un mes —en obediencia a un mandato de Roma— fray Girolamo había dejado de predicar. Pero a la llegada de la terrible noticia de que los barcos de Marsella habían sido rechazados y de que no llegaba trigo, la necesidad de la voz capaz de infundir fe y paciencia en el pueblo se hizo demasiado imperativa como para resistirla. Desafiando el mandato papal, la Señoría pidió a Savonarola que predicara. Y dos días atrás había vuelto a subir al púlpito del Duomo para decirle al pueblo que solo esperara y fuera firme, y la ayuda divina llegaría sin falta.
Fue un sermón audaz: consintió en que lo despojaran de su hábito si, cuando Florencia perseveraba en cumplir con los deberes de la piedad y de la ciudadanía, Dios no acudía en su rescate.
Sin embargo, en el presente, en esta mañana del día treinta, no había indicios de rescate. ¿Quizás si el precioso tabernáculo de la Virgen de Impruneta fuera traído a Florencia y llevado en devota procesión al Duomo, aquella Madre, rica en dolores y por tanto en misericordia, intercedería por la ciudad sufriente? Durante siglo y medio había constancia de cómo los florentinos, que sufrían de sequía, o inundación, o hambre, o peste, o la amenaza de