viviendas altas y silenciosas, ajena al tráfico; pero Bernardo del Nero, o alguien casi tan peligroso, podía aparecer en cualquier momento. Incluso si no hubiera sido el día de su esponsales, el incidente habría sido embarazoso y molesto. Aun así, habría sido una crueldad —resultaba imposible— ahuyentar a Tessa con palabras duras. ¡Esa maldita locura suya con el cerretano —haber permanecido oculta tranquilamente durante meses, para surgir ahora ante él como esta cosecha inoportuna de disgustos! No pudo hablar con dureza, pero habló de prisa.
—Tessa, no puedo ni debo hablar contigo aquí. Iré al puente y te esperaré allí. Sígueme despacio.
Se volvió y caminó deprisa hacia el Ponte Rubaconte, y allí se apoyó contra el muro de una de las pintorescas casitas que se alzan a igual distancia sobre el puente, mirando hacia el camino por el que vendría Tessa.
Habría ablandado un corazón mucho más duro que el de Tito ver a la pequeña avanzar con su carita muy pálida y entristecida desde que se había separado de ella en la puerta de la «Nunziata».
Por fortuna era el menos frecuentado de los puentes, y en ese momento casi no había pasajeros en él. No perdió tiempo en hablar en cuanto ella se le acercó.
“Ahora, Tessa, tengo muy poco tiempo. No debes llorar. ¿Por qué me seguiste esta mañana? No debes volver a hacerlo”.
—Pensé —dijo Tessa, hablando en un susurro y luchando contra un sollozo que brotaba de inmediato ante esta nueva voz de Tito—, pensé que no tardarías tanto en venir a cuidarme de nuevo. Y el patrigno me pega, y ya no lo soporto más. Y siempre que vengo por un día de fiesta