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LVII

a cabo un sistema de correspondencia secreta y espionaje en el que la más profunda hipocresía prestaba el mejor servicio y exigía la mayor recompensa; de modo que sospechar de un agente por el hecho de interpretar un papel con demasiada firmeza habría constituido una absurda falta de lógica. En el otro extremo, los Piagnoni del partido popular, dotados de la franqueza propia de la convicción enérgica, se mostraban más inclinados a creer en la sinceridad de la adhesión política de Tito hacia ellos debido a que este no fingía simpatías religiosas.

En virtud de estas condiciones, los últimos tres meses habían sido una época de halagüeño éxito para Tito.

El resultado que más le importaba era asegurarse una futura posición para sí mismo en Roma o en Milán; pues tenía una creciente determinación, cuando llegara el momento favorable, de abandonar Florencia por una de esas grandes capitales donde la vida era más fácil y las recompensas al talento y al saber eran más espléndidas.

Por el momento, la balanza se inclinaba a favor de Milán; y si dentro del año lograba prestar ciertos servicios al duque Ludovico Sforza, tenía la perspectiva de un puesto en la corte milanesa que superaba las ventajas de Roma.

La revelación de la conspiración de los Médici, por lo tanto, había sido motivo de premeditación para Tito; pero no había podido prever el modo en que se llevaría a cabo. El arresto de Lamberto dell’ Antella con una carta incriminatoria encima y un amargo rencor contra los Médici en el corazón fue un acontecimiento incalculable. No era posible, a pesar de los cuidadosos pretextos con los que se había blindado su intermediación, que Tito lograse escapar de la implicación: nunca había esperado esto en caso de

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