El pensamiento del cuadro oprimía cada vez más a Romola mientras caminaba hacia su casa. No podía evitar relacionar los dos hechos de la cota de malla y el encuentro mencionado por Piero entre su esposo y el preso, que había ocurrido en la mañana del día en que se adoptó la armadura. Esa mirada de terror que el pintor le había atribuido a Tito, ¿la había visto él? ¿Qué podía significar todo aquello?
—No significa nada —trató de asegurarse—. Fue una mera coincidencia. ¿Debo preguntarle a Tito al respecto?
Su mente dijo por fin: «No: no le interrogaré sobre nada que no me haya contado espontáneamente. Es una ofensa contra la confianza que le debo».
Su corazón dijo: «No me atrevo a preguntarle».
Había un defecto terrible en la confianza: ella temía cualquier movimiento apresurado, como los hombres que sostienen algo precioso y quieren creer que no está roto.