Tito se apartó del atril y se sentó al otro lado de Bardo, muy cerca de su codo izquierdo.
—Acércate más a mí, figliuola mia —dijo de nuevo Bardo, tras una breve pausa. Y Romola se sentó en un escabel bajo y dejó descansar su brazo sobre la rodilla derecha de su padre, para que él pudiera poner la mano sobre sus cabellos, como le gustaba hacer.
—Tito, nunca te había dicho que una vez tuve un hijo —dijo Bardo, olvidando lo que se le había escapado en la emoción suscitada por su primer encuentro.
El anciano había quedado profundamente conmovido, y se vio obligado a desahogar sus sentimientos a pesar de su orgullo.
«Pero me abandonó; está muerto para mí. Lo he repudiado para siempre. Era un estudioso avezado como tú, pero más ferviente e impaciente, y aun a veces arrebatado y absorto en sí mismo, como una llama alimentada por alguna fuente inconstante; mostrando desde el principio una disposición a apartar sus ojos de las claras luces de la razón y la filosofía, y a postrarse bajo las influencias de un sombrío misticismo que elude todas las reglas del deber humano como elude todo argumento. Y así terminó. No hablaremos más de él: está muerto para mí. Ojalá su rostro pudiera ser borrado de ese mundo de la memoria en el que lo distante parece volverse más nítido y lo cercano se desvanece».
Bardo se detuvo, pero ni Romola ni Tito se atrevieron a hablar; su voz temblaba demasiado, el equilibrio de sus sentimientos era demasiado frágil. Pero al cabo levantó la mano y buscó el hombro de Tito para apoyarse en él, mientras seguía hablando, con un esfuerzo por calmarse.