—Ya no temerás más, padre —dijo Romola, en un tono de alentadora autoridad—; bajarás conmigo, y veremos quién está vivo, y buscaremos a los muertos para darles sepultura. He andado durante meses por donde estaba la peste, y mira, estoy fuerte. Jacopo vendrá con nosotros —añadió, haciendo una seña al muchacho que asomaba, el cual salió lentamente de detrás de su arbusto protector, como si hilos invisibles lo arrastraran.
—Ven, Jacopo —dijo de nuevo Romola, sonriéndole—, tú me llevarás al niño. ¡Mira! Tus brazos son fuertes y yo estoy cansada.
Aquello era una propuesta espantosa para Jacopo, y también para el sacerdote; pero ambos estaban bajo una influencia peculiar que los obligaba a obedecer. La sospecha de que Romola era una aparición sobrenatural se había disipado, pero en su lugar sus mentes estaban llenas de la convicción más eficaz de que ella era un ser humano a quien Dios había enviado a través del mar para mandarlos.
—Ahora bajaremos la leche —dijo Romola—, y veremos si alguien la quiere.
Así bajaron todos juntos por la pendiente, y aquella mañana los desvalidos vieron llegar la ayuda en medio de su desesperación. Apenas quedaban poco más de veinte personas con vida en todo el valle; pero todos ellos fueron consolados, la mayoría se salvó y los muertos recibieron sepultura.
De este modo pasaron los días, las semanas y los meses para Romola, hasta que los hombres volvieron a cavar y a sembrar, hasta que las mujeres le sonreían mientras llevaban sus grandes cántaros en la cabeza hacia la fuente, y el bebé hebreo era un cristiano que daba tumbos al