saquen el pecho; que en el cinturón tengo una hacha carnicera que les entrará a todos mucho más fácilmente»; cuando de repente la vieja vaca mugió y supe que había pasado algo, no importa el qué.
Así que tiré la capa en el primer umbral, cogí mi hacha de carnicero y eché a correr tras mis flamantes caballeros hacia la Vigna Nuova. Y: «¿Qué pasa, Guccio?», le dije, cuando me alcanzó. «Creo que son los Medici que vuelven», dijo Guccio. ¡Bembè! ¡Ya me lo esperaba! Y levantamos una barricada, y los franceses miraron atrás y se vieron en una ratonera; y apareció un buen enjambre de nuestros Ciompi y uno de ellos, con una gran guadaña que llevaba en la mano, le segó al flamante caballero una pluma: ¡es verdad! Y las muchachas llovieron unas cuantas piedras para asustarlos.
Sin embargo, Piero de’ Medici no había venido después de todo; y era una lástima; porque no le habríamos dejado ni piernas ni alas con las que volver a marcharse».
—Bien dicho, Oddo —dijo