En este estado de ánimo —incapaz de desterrar la imagen que el muchacho había evocado de la Madre con la gloria a su alrededor cuidando a los enfermos—, el pievano había bajado a ordeñar su vaca y de pronto había avistado a Romola, que se detenía en la bifurcación del camino. Sus palabras suplicantes, con su extraña finura de tono y acento, en vez de ser aclaratorias, sonaron para él de manera sobrenatural. Aun así, no creía del todo ver a la Santa Madre: se encontraba en un estado de alarma y vacilación. Si algo milagroso estuviera ocurriendo, sentía que no había ninguna presunción firme de que el milagro fuera en su favor. No se atrevía a huir; no se atrevía a avanzar.
—Baja —dijo Romola tras una pausa—. No temas. Teme más bien negarle comida al hambriento cuando te la pide.
Un momento después, las ramas se abrieron y la figura completa de un sacerdote fornido, de rostro ancho e inofensivo, con la sotana negra muy gastada y sucia, apareció con un cubo en la mano, mirándola tímidamente y manteniéndose a distancia mientras tomaba en silencio el sendero hacia la vaca.
Romola lo siguió y lo observó sin volver a hablar, mientras él se sentaba contra la vaca atada y, tras ordeñar con nerviosismo un poco de leche, se la dio a ella en una taza de bronce que llevaba consigo en el balde.
Mientras Romola acercaba la taza a los labios del niño impaciente, y después bebía ella misma un poco de leche, el padre la observaba desde su taburete de madera con una timidez que cambiaba un poco de cariz. Él reconocía al bebé hebreo, estaba seguro de que tenía ante sí a una mujer robusta; pero aún había algo extraño e inescrutable en la presencia de Romola en aquel lugar, y el padre tenía el presentimiento de que las cosas iban a cambiar para él.
Además, aquel bebé hebreo estaba terriblemente asociado al miedo a la peste.