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XXXVI. Ariadna se despoja de la corona

¿Qué garantía razonable habría podido tener ella para creer en una visión semejante y actuar en consecuencia? Ninguna. Por muy cierta que hubiera resultado ser la voz del presentimiento, Romola veía con inquebrantable convicción que haber renunciado a Tito en obediencia a una advertencia como aquella habría sido una insensatez mezquina. Su confianza había resultado engañosa, pero habría vuelto a elegir actuar basándose en ella antes que ser una criatura guiada por fantasmas y susurros inconexos en un mundo donde existían la gran música de la palabra razonable y el cálido apretón de las manos vivas.

Pero la persistencia de estos recuerdos, que en su imaginación se unían a su suerte real, le ofreció un atisbo de comprensión hacia las vidas que antes habían permanecido completamente ajenas a su compasión: las vidas de aquellos hombres y mujeres que se dejaban guiar por tales imágenes y voces interiores.

—Si fueran solo un poco más fuertes en mí —se dijo—, perdería la noción de lo que aquella visión fue en realidad y la tomaría por una luz profética. Con el tiempo, podría llegar a ser yo misma una vidente de visiones, como la Suora Maddalena, y Camilla Rucellai, y las demás.

Romola se estremeció ante la posibilidad. Toda la instrucción, todas las influencias principales de su vida habían contribuido a fortificar su desprecio por esa superstición enfermiza que llevaba a hombres y mujeres, con ojos demasiado débiles para la luz del día, a sentarse en pantanos oscuros y tratar de leer el destino humano a la luz casual de los vapores errantes.

Y, sin embargo, era consciente de algo más profundo que aquella coincidencia de palabras que hacía revivir en su mente el contacto de la despedida de su hermano moribundo, y que otorgaba una nueva hermandad a aquel rostro demacrado.

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